junio 20, 2024

Los jardines son espacios de interacción entre la cultura y la naturaleza, ayudan a la supervivencia de la flora y la fauna y, lo más importante, nos proveen de oxígeno. Los jardines son vida y tienen una historia interesante, en este texto se tratará de manera general las características de los jardines medievales y prehispánicos, lo que nos permitirá ver las diferencias y similitudes.

En las religiones judeocristianas, la idea de un espacio “florido y aromático” ha estado vinculada a una visión salvacionista; el regreso al Edén, según el pensamiento cristiano, permitirá volver a la condición de armonía que existió alguna vez entre el mundo animal y la tierra, situación que se perdió con la expulsión  del paraíso de Adán y Eva. En el mundo prehispánico la idea de jardín fue otra, el “huey tecpan”, fue considerado un espacio de poder y las flores tuvieron un rol importante en la cosmovisión prehispánica.

La etimología proviene de la voz francesa “jart”: huerto, vallado y se tiene documentada desde el siglo XII en el ámbito librario y en la lírica de la época. Una característica propia de la sociedad del Medievo fue la reproducción de pasajes bíblicos en todos los espacios que habitaba, sobre todo en las catedrales y en los libros, por lo que no sería extraño que también lo hicieran a través de los vergeles.

En el ideario cristiano, el Paraíso es como un jardín, según el Génesis 2:8-24: “Después, el Señor Dios plantó un huerto en Edén, en el oriente, y allí puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo que crecieran del suelo toda clase de árboles: árboles hermosos y que daban frutos deliciosos. En medio del huerto puso el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal”. Por consiguiente, en la época medieval el “jardín” estuvo relacionado con el Paraíso bíblico.

Durante este periodo, los jardines fueron construidos intramuros en castillos y monasterios; la jardinería fue una práctica que se desarrolló profusamente desde el periodo de Carlo Magno (768-814) y formó parte de las normas de los pueblos, conjuntamente, debían cultivar árboles frutales y plantas medicinales y  de condimento.

De manera general, la tipología de los Hortus conclusus (jardines cerrados) medievales se clasifica en tres tipos, esto de acuerdo con el cultivo, el especio y la clase social. Con base a un bosquejo del siglo IX, se tiene una idea de la configuración de un jardín, esta podía ser cuadrada o rectangular, con muros, vallas parterres (diseños) y pérgolas (glorietas o kioscos), de esta forma, la clase social se evidenciaba en el lujo de los detalles y no tanto en la vegetación.

Por otra parte, en el centro del jardín había un depósito de agua, ya fuera un pozo o una fuente, esto facilitaba el riego de todos los cultivos, al mismo tiempo, el agua como en el Génesis, simboliza el origen de la vida. Los jardines estaban intramuros tanto en los castillos como en los monasterios porque debían cumplir una función defensiva. De acuerdo con Javier Guillén (2004), la idea del “cerramiento” responde a la idea del jardín como paraíso a salvo de todo mal.

Los Hortus ludi (juegos de jardín) fueron considerados espacios de placer y  deleite. Así, en la literatura de la época, por ejemplo “El misterio de Adán”, poema francés del siglo XII, se describe al jardín como “un Edén conformado por flores y hojas aromáticas”, también hay diversos árboles frutales; es un amoenissimus locus (un lugar muy agradable); es un espacio concebido para el reposo y la diversión de las damas, se convierte en un lugar amoroso o de recreo y alcanza máxima notabilidad en la sociedad caballeresca y cortesana (Guillén, 2004).

En el Hortus catalogi (Catálogo de jardines), la estructura se caracterizó por una geometría rectangular y cuadrada; el huerto medieval fue por excelencia herbolario; cada parcela estaba marcada con su correspondiente especie vegetal.

En los monasterios, la jardinería y el cultivo de ciertas plantas fue una característica esencial. Las comunidades religiosas se caracterizaron por la oración y el trabajo manual, por lo tanto, la jardinería fue una práctica importante para los monjes. El cultivo de ciertas plantas tuvo una función específica con otras áreas, por ejemplo con la droguería, la ornamentación y la iluminación o decoración de libros. Las plantas proporcionaban condimentos, extractos medicinales, tinturas y comestibles; los frailes extraían pigmentos para la decoración de sus manuscritos iluminados y cultivaban cierto tipo de flores que utilizaban para adornar las capillas de los conventos en los días de fiesta. Los árboles frutales se aprovechaban para la producción de licores y tintes. Se cultivaban el limonero, el manzano, el peral, el ciruelo, el serbal, el melocotón, el nogal, etc.

El Hortus contemplationis (jardín de contemplación) tuvo un objetivo estrictamente religioso en los claustros y conventos; fue un espacio para la meditación y el recogimiento. Aquí, las plantas tuvieron un efecto relajante, pues favorecían el sentimiento de retraimiento.

De igual modo, los jardines islámicos surgidos desde el siglo VII, se distinguieron por sombras lúdicas y caminos de flores aromáticas, al mismo tiempo, el agua fue un elemento esencial; las fuentes, los estanques y los pabellones, permitían a sus visitantes vivir una experiencia onírica. En España, los jardines musulmanes también fueron intramuros y emularon, de acuerdo al Corán, el paraíso, un lugar de deleite y descanso eterno destinado a los bienaventurados o almas elevadas.

Las flores que se cultivaban en los monasterios tuvieron varias funciones. Para adornar el altar de la virgen o santo, de los pétalos extraían tintes para iluminar los pergaminos. En los castillos, las flores perfumaban las habitaciones y los pétalos se usaban para el tinte de los textiles.

 

El jardín islámico se caracterizó por ser un espacio acogedor y exuberante, con diseños ordenados armoniosamente. Los diseños en forma de crucero recordaban los cuatro ríos caudalosos del Paraíso musulmán: el Nilo, el Éufrates, el Tigris y el Amu-Darya, así, el sonido del agua tenía una función esencial,  aquietar el espíritu, además, el reflejo de los estanques, duplicaba la sensación espacial y refrescaba el ambiente. La vegetación era muy aromática, el perfume de las flores  se mezclaba con el aroma de los árboles frutales.

Como se ha visto, la jardinería fue una actividad primaria en toda la Europa medieval y para el siglo XV se incorpora por vez primera la voz jardín al Diccionario latino español (1495) de Antonio de Nebrija.

En México, el jardín al igual que en Europa tiene una historia propia de varios siglos, incluso milenios. La biodiversidad del territorio mexicano permite observar paisajes con una amplia vegetación autóctona: ahuehuetes, oyameles, ocotes, nopales, etc. En cuanto a la flora, es importante resaltar que en el México antiguo, las flores tuvieron un rol importante en la vida de los pueblos mesoamericanos, en el caso de los nahuas, las flores estuvieron relacionadas con la religión, la lírica, el arte, la guerra y la toponimia.

La variedad de especies endémicas de dalias, nochebuenas, flores de cempasúchil y orquídeas (vainilla), entre otras especies, se ofrendaban a los dioses, por lo que estuvieron estrechamente relacionadas con la vida y la muerte. Igualmente, una de las costumbres exclusivas entre la nobleza, fue la de recibir con flores a los visitantes distinguidos. Según Motolinia, los principales o nobles, no procuraban tanto los árboles frutales, pues la fruta era un tributo que daban sus súbditos, por lo que el cultivo de las flores “de rara diversidad y fragancia” fueron las variedades de su interés. Este tipo de flores las hacían traer de tierras lejanas por medio del tributo, fray Diego Durán indica que de Veracruz, obtenían la flor de cacao, cacaloxochitl o la yolloxochitl e inclusive, los nahuas iban a la guerra para conseguir algunas especies de alto valor como el Tlapalizquixóchitl, árbol de hermosas y fragantes flores (Doris Heyden, 1983), con propiedades medicinales, su savia se usaba para tratar las inflamaciones de los ojos y, en infusión, controla la “soltura de vientre”. Este árbol se localiza  en Oaxaca.

Con la dominación española, se generaron cambios y los jardines prehispánicos adquirieron el patrón occidental. Los términos castellanos que en el periodo novohispano se usaron para designar este espacio fue: “guerto” (huerto), “jardín” y “vergel”, todos son definidos por Covarrubias (1674) como similares pues son considerados lugares de recreación y sus cultivos se caracterizan por árboles frutales y “flores olorosas”. En el periodo novohispano el náhuatl fue la lengua general de comunicación entre los españoles y la mayorías de los pueblos originarios, por lo tanto, las acepciones que se registran para la palabra jardín son de origen nahua: “Xochitla”: xochitl=flor; -tlah sufijo de abundancia (Molina, 1571) o xuchitla (Carochi, 1645, Gran Diccionario en Náhuatl en línea). Sin embargo, estás definiciones se acercan más a la idea occidental que a la prehispánica.

En Mesoamérica, los jardines fueron lugares exclusivos para la nobleza y su función fue exhibir el poder del tlatoani, refiere Andrea Rodríguez (2021), especialista en los patios prehispánicos que, Alva Ixtlilxochitl nombra a los  jardines, “huey tecpan”, en español “gran palacio” y de acuerdo con la autora, estos se distinguieron por la siguiente estructura:

  1. “Ithualli”, se trata de un patio (Códice Florentino) que estaba cercado con columnas de madera, a su vez, en este patio del palacio, había otros que estaban hundidos también circundados por piedras. Por otra parte, el ithualli debía permanecer siempre iluminado, según Motolinía, en los patios y salas de los templos siempre había braseros, además, en estos espacios de acuerdo a los testimonios de los cronistas, se practicaban rituales y danzas.
  2. Cuerpos de agua y espacios para la flora y fauna. Los “huey tecpan” estaban situados en elevaciones o planicies donde había agua, por lo que su ubicación requería de una estructura hidráulica que permitiera el desarrollo de canales, acueductos, pozos o estanques, sitios indispensables en la configuración de los jardines, por consiguiente, los cuerpos de agua, estuvieron estructurados y distribuidos con base al ithualli de los huey tecpan.
  3. Diversidad de casas o calli. Una vez que se establecía el lugar en donde se colocaría el ithualli, se distribuían las distintas tlatocacalli (casas del tlatoani) que conformarían el “huey tecpan”. Fray Bernardino de Sahagún, refiere siete tipos de casas, las cuales se distinguían por estar bien construidas y decoradas, con pisos de losetas y muy iluminadas.
  4. Otras casas: temazcales y observatorios. De acuerdo con Ixtlilxóchitl, en los “huey tecpan” existían temazcales (casa de vapor), espacios cerrados que se utilizaban tanto para aseo personal, como para tratamiento postparto o religioso, y para tratar algunos padecimientos relacionados con el concepto frío-calor. Estos espacios se encontraban cerca de las arboledas y depósitos de agua. Sobre los observatorios, solo se cuenta con la información de Clavijero, quien expresa que Nezahualcóyotl mandó construir un observatorio en su palacio para observar el cielo.
  5. Conectores y distribuidores espaciales: miradores, corredores y andadores. Debido a la instalación hundida y elevada de los “huey tecpan”, su estructura podía tener dos niveles, además, hay que tener presente que las sociedades nahuas fueron sumamente bélicas, por lo que un mirador situado en una altura correcta, permite una visión panorámica de los alrededores, por otra parte, el testimonio de Clavijero sobre el observatorio, cobra mayor fuerza, pues un mirador permite contemplar el cielo. Igualmente, los miradores conservan el calor y protegen de la humedad.
  1. Límite, el motivo por el que se cercaron los “huey tecpan” fue para que no ingresara gente ajena a la nobleza nahua.

 

Dahlia coccinea o «xicamoxochitl», planta vistosa, con flores amarillas y anaranjadas.  Las hojas se emplea para la tos y la savia para las aftas labiales.  Crece en lugares soleados, campos de cultivo, pedregales y en las orillas de caminos.

 

Está visto que los antiguos pobladores de México desarrollaron enormes jardines,  fueron espacios exclusivos de la nobleza y se ubicaban al lado de los aposentos del tlatoani. Es importante destacar que nadie podía construir un “huey tecpan” si no había ganado antes una guerra o había conquistado un lugar, estos lugares fueron espacios sagrados donde se rendía culto a los dioses; fueron lugares  asociados a la guerra, al  tributo y al poder (Rodríguez, 2021).

Con el sometimiento español, los hermosos “huey tecpan” se destinaron a otro uso, como sucedió con el Jardín de Oaxtepec que pasó a ser un sanatorio. En 1788, por la Real Expedición Botánica, se estableció el Real Jardín Botánico de México, junto al Paseo Bucareli, cerca del acueducto del Salto del Agua. En este lugar, se cultivaron alrededor de 1,500 especies útiles tanto para los habitantes de la ciudad como para la cátedra de botánica dirigida a estudiantes de medicina.

Si bien la idea de jardín tiene grandes diferencias en Europa y en Mesoamérica, lo cierto es que también hubo algunas similitudes. Tanto en Mesoamérica como en Europa el atributo que define al jardín fue el agua, elemento vital sin el cual no sería posible la vida. Al mismo tiempo, en ambos lugares el agua tuvo un sentir religioso. Otro elemento que comparten es la presencia de árboles frutales y las flores “olorosas”, hecho que no es de extrañar, pues en ambas geografías, las plantas eran los únicos recursos seguros de que disponían para su consumo y cuidado. No hay duda, los jardines son historia, son espacios que vinculan la cultura con la naturaleza, construyen identidad y memoria, son lugares que poseen magia, tienen el poder de crear un paraíso en la tierra.

Referencias:

“El jardín medieval, arte y naturaleza”, Francisco Javier Guillen Berrendero, 2004.
Los jardines nahuas prehispánicos, Andrea Rodríguez Figueroa, 2021.
Mitología y simbolismo de la flora en el México prehispánico. Doris Heyden, 1983.
“La salvación como regreso al Jardín del Edén”, Tomás García-Huidobro, 2015.

 

Zandy E. Velasco

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